sábado, julio 22, 2006

Repite

Ahora, repite. Métetelo en la cabeza: “Soy un hombre, en quien no se puede onfiar.” Repite.

Soy un hombre en quien no se puede confiar.

Bien. “Soy un hombre para el cual la verdad es un fenómeno en perpetua transformación.

Soy un hombre para el cual- “¿Para el cual?”

“Para el cual”. Sí, correcto. “Para el cual.”

Me parece una manera extraña de decirlo.

Tú solo repite.

“¿Para el cual?”

“Soy un hombre para el cual la verdad es-“

Está bien. Soy un hombre para el cual la verdad es un fenómeno en perpetuo cambio.

“En perpetua transformación.”

En perpetua transformación.

Muy bien. “Soy un hombre desconcertado que no es capaz de recordar-“

Soy un hombre desconcertado e que no es capaz-

“De recordar mis múltiples calamidades personales”.

Soy un hombre incapaz-

¡No, no, no! “soy un hombre que no es capaz”

Soy un hombre que no es capaz-

“Desconcertado que no es capaz.” Eso es.

Desconcertado que no es capaz.

“De recordar.”

De recordar.

“Mis múltiples-“

Mis múltiples desgracias personales.

¡NO! “¡Desastres!” “Mis múltiples calamidades personales.” ¿Porqué no eres capaz de recordarlo?

¿Por qué está mal lo de “desgracias”?

“Desgracia” es demasiado suave. No pesa. Si fueran simples “desgracias”, no estaríamos pasando por esto, ¿de acuerdo?

De acuerdo. Mis múltiples calamidades personales. Jesús.

Perfecto. “Soy un hombre desconcertado que no es capaz de recordar sus múltiples calamidades personales.”

Eso dije.

Bien. “Y por lo tanto estoy condenado a repetirlos para siempre jamás hasta la eternidad.”

Y por lo tanto estoy condenado.-

“A repetirlos para siempre jamás-“

A repetirlos para siempre jamás.

“Hasta la eternidad.”

¿Repetir el qué?

¡Mis calamidades! ¿Qué es lo que te pasa? ¿Porqué no puedes entenderlo?

¿Podemos descansar un poco ahora?

No. Absolutamente no.

Sólo un pequeño respiro.

¡No!

Necesito echar un trago.

Todavía no. Ahora repite: “Soy un hombre-“

Soy un hombre.

“Soy un hombre que ha perdido todo control sobre los sentidos”

Soy un hombre que ha perdido todo el control sobre los sentidos.

“Todo control sobre la mente”

Todo control sobre la mente.

“Todo control sobre el corazón”

Todo control sobre el corazón.

“Todo control sobre su alma”

Todo control sobre su alma.

“Y por lo tanto, yo, voluntariamente y con toda seriedad”

Y por lo tanto, yo, voluntariamente y con toda seriedad.

“Me entrego por completo”

Me entrego por completo.

“Al cuidado e instrucción”

Al cuidado e instrucción.

“De mi mentor y guardaespaldas personal”

De mi mentor y guardaespaldas personal- ¿Eres tú verdad?

Soy yo.

Es lo que pensaba. ¿Puedo echar un trago ahora?

Sí, ahora puedes.

(15/9/94
Lexintong, Kentucky)

Sam Shepard
(Cruising Paradise)

viernes, julio 21, 2006

sos el dios

—Hay un ejercicio que quiero que haga.
—¿Cuál?
—Tiro la pelota y usted tiene que ir al piso para barrer con zurda y barrer con derecha.
—Eso yo no lo hago, yo no me voy a tirar al piso... A mí me tiran al piso los contrarios...
—Bueno, vamos a tener problemas todo el año.
—Bueno, y vos te vas a tener que ir.

(Diego Armando Maradona a su entrenador Ottavio Bianchi, "Yo soy el Diego")

miércoles, julio 19, 2006

(una montaña que estalla es un animal de otro mundo)

Condujo más de dos horas en silencio. Mañana gris de octubre. Día templado. No supo qué ropa ponerme y como era precavido, me la puso toda. Tenía calor y odiaba los jerseys de cuello alto. Odiaba la sensación de cualquier cosa alrededor del cuello. Todavía no tolero las camisas. Por eso nunca llevé corbata. Esperaba esa excursión desde hacía tiempo. Quería ver un volcán. Seguimos hacia el norte por la costa. Las playas me parecieron todas iguales, el mar siempre distinto. Algunas barcas y plataformas petrolíferas. Pueblos vacíos tras la marcha de los turistas. Sensación de sopor y libertad. Cansancio dulce. Mucho sueño y un volcán en la cabeza. La imaginación desbocada y atenta al paisaje que cambiaba cuando torcimos hacia el interior. Prados, granjas, arboledas, bancos de niebla. Paramos a comer en un bosque. Olvidado de todo. De la ciudad, del colegio, del jersey de cuello alto. Caminamos un rato. Tierra negra y vegetación decreciente. Cuando por fin, en una esplanada negra dijo: “esto es el cráter” sentí que todo era una estafa. Yo no buscaba placidez y paseo. Quería fuego. Lo sigo buscando.

ferrater y alrededores

A L'INREVÉS

Ho diré a l'inrevés. Diré la pluja
frenètica d'agost, els peus d'un noi
caragolats al fil del trampolí,
l'agut salt de llebrer que fa l'aroma
dels lilàs a l'abril, la paciència
de l'aranya que escriu la seva fam,
el cos amb quatre cames i dos caps
en un solar gris de crepuscle, el peix
llisquent com un arquet de violí,
el blau i l'or de les nenes en bici,
la set dramàtica del gos, el tall
dels fars de camió en la matinada
pútrida del mercat, els braços fins.
Diré el que em fuig. No diré res de mi.

(G Ferrater)

martes, julio 18, 2006

(lo que hicimos en mallorca)

contar hormigas en la
habitación
de un hotel de dos estrellas
imaginar al hombre muerto
bocabajo
acuchillado
por la espalda
en aquella misma
cama
caminar hasta el palacio
para no ver a los reyes
desperdiciar sus
breves muestras
de
cariño
planear un magnicidio
estrenarme con los porros
dormir hasta las doce
pasear hasta las ocho
beber cerveza de
su boca
entender que no es posible
entender que no es posible

nunca menos de catorce

Solía llevarme allí
A contar
Trenes

Nada más
Ni juegos ni gestos ni
Palabras

Solamente contar trenes

Cuarenta y siete

La medida exacta
Del afecto

David González

El ojo de cristal

mi amigo aún no había cumplido seis años
cuando un gato, su propio gato, le arrancó
un ojo.

se lo sustituyeron
por uno de cristal.

mi amigo cumplirá treinta y dos la próxima semana,

y ya nadie, pero nadie,
ni siquiera él mismo cuando se mira en el espejo,
es capaz de diferenciar

la mirada
de un ojo

de la mirada
del otro.

martes, julio 11, 2006

aparentemente despedida y cierre

grita en mitad de la noche

ropa del hombre
en
la escalera

pantalones camiseta blanca
calcetines
zapatos viejos

a todo le grita
puto
por el hombre que se va

lunes, julio 10, 2006

11-25FG

tus manos
reptando sobre las dunas
geometría
fugaz
en esta arena
que ya no te busca

jueves, julio 06, 2006

on y va

Estaba pensando en caballos.

¿Caballos?

Sí, caballos. Conocí a una mujer que besaba a los caballos.

¿Besaba a los caballos?

Sí, a los caballos.

¿Fue hace mucho?

No me acuerdo, no sabría decirte.

Cuéntame eso. Cuéntame más de eso.

No hay más. Estábamos cantando con el bueno de Johnny en la calle y de repente vio caballos, los caballos de la policía. Fue hacia ellos y se puso a besarlos. Sin más.

¿Y besaba a los caballos así, sin más?

Así, sin más. Sin presentaciones ni protocolo ni nada.

¿Y tú que hacías?

Engañar a Johnny.

¿Engañar a Johnny?

Sí, le mentía acerca de ella y de los caballos y de su vida pasada y de su vida futura y de todo lo demás

¿Qué le contaste?

Una milonga de vida descalza. Le hablé de pastos y caballos y toros bravos embistiendo bajo la luna. Le conté que ella les hablaba, les explicaba como comportarse. Que instruía a los caballos sobre el trato que debían dar a sus jinetes, que instruía a los toros sobre como reinar en una plaza.

¿Y qué decía Johnny?

Johnny no daba crédito. Le había robado las chocolatinas, le había robado la chaqueta, le había tomado prestada su guitarra para tocar con cinco cuerdas, estaba besando a unos caballos a la vista de los guardias, y lo peor es que parecía sólo el principio.

¿Y lo fue?

¿Si fue el que?

El principio.

No lo sé, no estoy seguro. No recuerdo mucho. Sólo eso. Ella besando a los caballos y yo mintiendo todo el rato en un idioma que no era el mío. Y Johnny, imagino, pensando en sol y pastos y caballos y toros bravos, en una niña pequeña que logró hacerles escuchar.

¿Y qué más recuerdas?

Cerveza y canciones de los Beatles. Y mentir. Mentir mucho. Y comida gratis.

¿Mentiste por comida?

Mentí por complacerlos.

¿Complacer a quien? ¿En qué sentido?

A Johnny y sus amigos. Nos habían invitado a su fiesta, no nos conocían de nada, nos habían dado de beber, nos habían invitado a cenar, nos habían acogido como uno más. Había que darles un plus. Y ese plus es la ficción. Un poquito de ficción sobre nosotros, un poquito de mentira para hacerlos especiales, para que pudieran contarlo, para que pudieran pensar que habían conocido algo real, algo distinto, exótico.

¿Y tú eres exótico?

Yo soy marciano.

¿Y aquella mujer?

Pregúntaselo a ella.

Mejor a los caballos.

martes, julio 04, 2006

replay (hora de cerrar)

(He sido abducido por un reino mineral)

Abandoné la zona cero

las escamas deslumbrantes de los
ángeles pasados

la servidumbre la gravedad la
desertización

me abandoné casa por casa

hasta el origen

afeitarse

Recuerda cuando te afeitaste la cabeza

Me acuerdo

Fue por eso

No, no fue por eso. No fue por mi pelo.

¿Porqué entonces? Nunca antes te había pasado, y no te ha vuelto a suceder.

Éramos cuatro forasteros atravesando el monte hacinados en un coche, desaliñados y con cara de pocos amigos.

¿Resacosos?

Resacosos. Cansados. Sin duchar, sin afeitar, sin habernos cambiado la ropa en dos días. Nos quedaba poco dinero y comíamos cualquier cosa, lo guardábamos para gasolina y txakolí. La primera noche se nos dio bien con las chicas, la novedad o algo de eso, la segunda flojeamos, a la tercera nos dedicamos más que nada a beber y hacer el vago, a partir de ahí nada más pensábamos en comernos una tapa y marcharnos sin pagar. Lo estábamos pasando bien. Por el día recorríamos la costa. Nos parábamos en cualquier playa. Echábamos la siesta. Comíamos. Por la noche buscábamos alguna casa de huéspedes, al otro lado de la cordillera litoral. Llégábamos tarde, nos metíamos directamente en la cama, dormíamos hasta las siete. S. siempre nos despertaba hacia las siete. Hacía sol afuera, era hermoso, estábamos agotados, apenas nos duchábamos, habíamos dejado de afeitarnos hacia mediados de la primera semana, ya no pensábamos en chicas ni en beber, sólo estábamos ahí, en una casa en el campo, oliendo a vaca, conduciendo por el monte, en constante movimiento. Eso era todo. Aire, sol, espacio y movimiento.

Y os paró la guardia civil

Al volver hacia la costa, en lo alto del puerto. Un control de carretera. Nos pararon. Nos hicieron bajar del coche. Todo el rato apuntándonos con la metralleta. No exactamente apuntándonos. Ya sabes lo que quiero decir. Asiendo la metralleta con ambas manos, en ese gesto atento de cazador, ese gesto que habla de una muerte violenta en estado de latencia. Nos bajamos con cuidado, educadamente, tratando de explicar. No querían explicaciones. Querían documentos. Y registrar el auto. Mi DNI llevaba meses caducado. Lo comprobaron varias veces por la radio. Dos de ellos registraban minuciosamente el coche. La guantera, las mochilas, los bolsillos de nuestras cazadoras. A Germán le cachearon. Era una situación extraña. No había nada personal en ella. Nada humano. Se limitaban a cumplir con la rutina, una rutina vigilante. Nosotros nos amoldamos a nuestro papel, sin que nadie nos enseñara qué hacer. Al acabar nos montamos en el coche. Conducimos en silencio durante un rato, sin un plan establecido. Nos detuvimos en un pueblo de pescadores. Cerca de la playa había un islote, unido al pueblo por una pasarela. La marea estaba baja. La pasarela era transitable. Aparcamos en el puerto. Compramos comida en un supermercado. Cerveza y todo eso. Atravesamos caminando la pasarela. Resbalando aquí y allá con el suelo mojado y los restos de algas muertas. En el islote nos sentamos sobre una roca, bajo los pinos. A nuestras espaldas el Atlántico. El rumor del Atlántico. El viento fuerte y frío del Atlántico. Enfrente la costa. Las montañas. Los acantilados. El pueblo. El puerto. La gente. El destello de algún coche circulando por la carretera de la costa, allá lejos, cuando le daba el sol en una curva. El destello del sol en nuestro coche sucio, aparcado en el pueblo. Tratar de reconocerlo desde allí. Reconocer el coche y el pueblo y la tierra firme mientras subía la marea. Mientras la marea nos iba dejando atrás en el islote. Mientras el mundo se aislaba de mí ahí afuera.

domingo, julio 02, 2006

monólogo para besugos

Antes estaba roto, pero ya no

¿Como lo arreglaste?

De ninguna manera.

¿Desapareció, sin más?

En absoluto.

Sigue en el pantano.

Sigue en el pantano.

Con el légamo, las algas, los caimanes.

Con todas las cosas que llegaron corriente abajo.

Con todo lo que partió de otro paisaje.

Con todo lo que partió de campo abierto, de torrentes, de pastos y campos de cereal dorados en verano.

Y tú dormido en una esquina

Y yo dormido en una esquina.

Tú el bueno dormido en una esquina con la frazada sobre la cabeza.

Y el cartel “no molestar”

Y la respiración pausada para que todos crean que duermes aun cuando no sea así.

A veces lo es.

A veces duermes y a veces no.

Pero cuando se acercan nunca he sido yo el que habla.

Muy raramente.

Y no va a cambiar.

No.

Y seguiré empujando hacia abajo cuando me vea en el borde

Haciendo las cosas mal adrede

Equivocándome adrede, rompiendo las cosas adrede

Apartando a la gente adrede

Apartando a la gente adrede

Cansando, decepcionando, engañando a la gente adrede.

Solo porque no te dan la razón, porque están equivocados

Equivocados respecto a ti

Porque su juicio es muy benévolo

Tal vez no tanto

Tal vez no tanto pero seguro extraviado

Sólo porque ven la calma de un Buda donde no hay Buda en absoluto

Sólo porque ven la calma de un Buda en lugar de una ciudad sitiada

Un toque de queda

Un bombardeo

Una catedral de madrugada

Y todo solamente una manera de darme una patada en el culo

En tu propio culo

En mi propio culo con mi propio pie

Como para ponerte a prueba

Como para saber cuanto tiempo puedo pasar ahí tumbado

Como para saber hasta cuando puedes seguir abandonando

Como si no supiera que puedo hacerlo para siempre

Como si no bastara con ver todo este caos

El caos de mi casa el caos de mi cabeza el caos de mi trabajo

Y las tareas pendientes

Y las tareas pendientes

Y reducirte a la comida y a la higiene personal

Ni siquiera barrer la casa

Ni siquiera fregar los platos

Y a leer libros sin ganas

Y a escribir libros sin ganas

Para esconderte en la ficción

Para mostrarme en la ficción

Para seguir dormido

Como Céline

Como Céline

Como un Cioran anémico

Pero mi distancia no es fractura

Hoy no

Hoy me siento capaz de dar atrás dos pasos y contemplarme entero

Como nadie te ha visto

Y mirar el paisaje y una tristeza lejos

Y un punto de dulzura

La dulzura de pensar joder, después de todo, pese a todo, estuvo bien.

Estuvo bien.

Una hermosa pelea.

Y eso de abajo

Es un lugar hermoso

Aunque no quieras no puedas no sepas acercarte

Ni acercarme ni tomarlo ni habitarlo

Y qué me dices de las noches

Nada

Por la noche no hay remedio

No hay remedio

Es mostrarse o es borrarse

Como la noche del colchón

Como la noche del andamio

Cuando querías dormir en un andamio

Estaba borracho y quería dormir en un andamio, pero no fue por eso.

No por estar borracho

No por estar borracho.

Fue porque el sol era hermoso

Fue porque un andamio es hermoso

Fue porque nada mejor que un andamio sobre una fachada en remodelación para mirar mejor las cosas

Fue porque es como un no lugar.

Un no lugar para ser y no

Un no lugar para ver y no

Un no lugar donde no puedes quedarte

Ni siquiera fantasear con una vida

Ni siquiera hacer planes disparatados de instalarte

Ni siquiera pensar en como serías si te quedaras

Porque no puedes quedarte

Porque no vas a quedarte

Te quedarás a mirar la ciudad

Te quedarás a mirar el bulto que respira en una esquina

Te quedarás a escuchar a Céline

Te quedarás a pedir que te dejen

Te quedarás a beberte la mañana a sorbos

Para no emborracharte

Para no volver a emborracharme

Para no verte

Para todo lo contrario

Para verte desde ahí y poner remedio

Para verme desde ahí y comprender que no hay remedio

Y organizar otro pantano

Y organizar otro pantano

Y seguir durmiendo en trenes

Y ver el mar desde los trenes

Y seguir dormido en coches

Y contemplar arroyos desde los coches

Y escuchar el mar y saber que tiene razón

Y escuchar el agua y saber que tiene razón

Como un ahogado

Como un ahogado

viernes, junio 30, 2006

siempre gana el 22

Jan se sienta en la mesa de la ruleta. Sólo le quedan tres fichas y parece fuera de sí.

Mientras Rick se acerca, el croupier se acerca a Jan.

- ¿Quiere seguir apostando, señor?
- No, creo que no.

Rick está de pie detrás de Jan.

- ¿Has probado con el 22 esta noche? Te dije el 22.

Jan mira a Rick, luego a sus fichas.
Las coloca en el 22.
Rick y el croupier cruzan la mirada. El croupier comprende lo que Rick le está pidiendo. Hace girar la ruleta.
Carl sigue atento al proceso, fascinado.
La ruleta se para.

miércoles, junio 28, 2006

método paimore

Y todas las estaciones le parecían iguales. Los andenes, los pasajeros, las colillas en la vía, los durmientes de hormigón. Y esa mañana se equivocó al bajar, y echó a andar en dirección a su trabajo, y pese a que pronto advirtió el error pensó que debía continuar, confiando ciegamente en que surgiría de la nada el edificio acristalado de oficinas. No le importaba caminar toda la vida. Seguía la dirección correcta. En la ciudad equivocada.

martes, junio 27, 2006

y corrió a contárselo a mamá

"En cierta ocasión, cuando éramos vecinos, le pregunté al Director por qué no había abandonado el valle, por qué no huía de la prisión, de mí, de los jóvenes e ignorantes guardias, de las campanas ubicadas al otro lado del lago y de todo lo demás. Durante años, había tenido la oportunidad de marcharse y nunca la había aprovechado. —Sólo me toparía con más gente —me contestó.
—¿No le simpatiza ningún tipo de gente? —indagué. Como estábamos bromeando, me atreví a formularle esa pregunta.
—Hubiera preferido ser un pájaro —repuso—. Que todos hubiésemos sido pájaros."

Kurt Vonnegut (Hocus Pocus)

arqueología

chimeneas herrumbrosas y
un caserón con
mil ventanas

cemento de clase media

la ilusión
de una vida
frente al mar

serán un buen legado

(y el aliento
de un cigarro apresurado
en el andén
hacia el trabajo)

lunes, junio 26, 2006

interferencias

La primera vez que vi nevar la tormenta nos sorprendió en casa de mis abuelos, en un pueblo escondido del Montsant. Recuerdo que mis padres recogieron rápidamente la ropa y nos montamos en el coche. Salimos por el camino más largo, donde mi padre supuso que no habría nieve. Se equivocó. El camino fue eterno para ellos, pero yo, con el pequeño transistor a pilas disparando interferencias sobre mis rodillas, miraba por la ventanilla empañada un paisaje totalmente desconocido, sabiendo que jamás vería otro igual. Papá condujo con extrema prudencia, evitando en lo posible las placas de hielo y la nieve acumulada en la calzada. Aquí y allí algún coche con menos suerte había dado con sus huesos en la cuneta, o se había detenido contra un pino en su descenso por el terraplén. Poco después de cruzar un puerto, en una curva pronunciada, perdió el control del auto. Recuerdo perfectamente el vértigo que sentí, entre divertido y asustado, cuando el 133 giraba sobre sí mismo directamente hacia el barranco. Recuerdo el golpe y que algo nos detuvo. Un Chrysler rojo accidentado en la cuneta hizo las veces de barrera. Bajamos a comprobar que nuestro coche no tenía daños. Recogimos al conductor del Chrysler. Le acercamos al pueblo más cercano. Continuamos nuestro camino hasta llegar a casa. El transistor en mis rodillas captaba cada vez más nítidas las emisoras conocidas.

No vi más nieve hasta muchos años después. Acababa de obtener el carnet de conducir y me hice con el auto de mi padre para salir de paseo ese sábado. No me importaron los avisos de la radio. Conduje derecho a la Teixeta. Por la noche había nevado, pero la sal y las quitanieves mantenían la calzada en unas buenas condiciones. Recuerdo mucha niebla y esa misma sensación que ya viví veinte años antes. La radio del coche no captaba apenas nada en la FM. Conduje lentamente entre interferencias y vehículos anclados en la cuneta. Me detuve en una curva para mirar la carretera vieja. Tramos de asfalto inconexo serpenteaban entre la niebla, la nieve, los matorrales y las tierras de cultivo. La nieve crepitaba bajo mis pies y una voz irreconocible lo hacía en los altavoces de mi coche rojo.

domingo, junio 25, 2006

twilight zone

Estrellamos el auto incluso antes de salir de la ciudad. Un pequeño golpe, apenas nada, pero el eje delantero se quebró. Nos quedamos allí sentados, riendo, mirando al mar, como si eso fuera justo lo esperado, lo que venía después. Invitamos al chaval del coche negro a que se uniera a nuestra fiesta. No teníamos dinero, no teníamos alojamiento, no teníamos noción de donde estábamos, no hablábamos su idioma. Tratábamos en vano de arrancarle una invitación, de que nos sacara de allí y nos metiera en una fiesta, en una casa, en un lugar seguro donde reír y echar la siesta. Parecía confuso y resignado, pero no lo bastante. Tras un buen rato llegó la grúa. Un hombre alto y ancho con aspecto hindú cargó las maletas en el camión y nos llevó de vuelta al centro. Bajamos junto al río y nos pusimos en marcha, buscando algún lugar donde pasar la noche. Todo sucedió naturalmente, porque la ciudad no podía dejar que nos marcháramos. Y lo sabías. Habíamos sido demasiado felices.

24-6

Venía todos los veranos, alta y rubia, la nariz chata, los ojos claros, pareo morado, bikini rojo, una toalla y un libro. Se sentaba a mirar las olas, leer y dormir. De vez en cuando se levantaba, iba hacia el agua, nadaba un buen rato, volvía a la playa. Jamás cruzamos palabra alguna. De vez en cuando un leve gesto con la cabeza y una sonrisa de reconocimiento. Así año tras año. A veces tenía mujer. A veces no. Pero siempre fui sólo a esa playa.